Historia

Entre las montañas del alto maestrazgo, encontramos un pueblo turolense donde el tiempo parece no transcurrir. Tronchón se alza con señorío perfectamente amoldado al entorno de oscuras calizas. Y es en ese lugar donde dieciocho años atrás las risas de unos niños llenaban los rincones de alegría, contagiando su lado más pueril a ese viento que acariciaba casas centenarias de piedra con pinceladas de cal que se fueron desconchando. Y sin embargo, la vida les vio crecer, descubrir, aprender.
Y ellos se conocieron y sus juegos, sus risas, se unieron en una amistad que difícilmente se romperá.
Los chicos y las chicas… sí, tenían diferencias, pero el destino les hizo encontrarse.
En 1995 Ángel Buj fundó lo que seria la peña durante los diez años siguientes, es decir, hasta el presente. Una década de fiestas, una década en este club de alterne donde alternan el jugar a cartas y el jugar al parchís, una década de largas tardes viendo la televisión, riendo, bailando, descansando… compartiendo cada uno de esos momentos que jamás olvidaran aquellos niños que antes corrían por las calles derrochando felicidad.
Por eso nunca faltará el agradecimiento al propietario del local por encontrarnos ese lugar que constituye una pequeña porción de nuestras vidas.
Local que cambió de identidad en varias ocasiones y creció interiormente con la incorporación de una barra, de mesas, de sillas, de sofás, televisión, tocadiscos, mini cadena, luces, etc. “El Gaiterico 2” y “La Carrasca” formados por los chicos y Bea fueron los inicios de la peña. “El culo peludo” vio como se ampliaban los componentes gracias a la llegada de las chicas. Finalmente “El Desfase” fue el nombre que adoptamos tras largas horas de cavilación.
Pero la historia de la peña la llevamos cada uno de nosotros en nuestro interior, porque los buenos recuerdos nunca se desvanecerán aunque el tiempo pase y nos separemos, aunque cada uno siga su camino porque hoy y mañana serán como un día cualquiera, como cuando ya con sosiego el cielo se enrojece y las nubes parecen romperse en mil pedazos. Las granjas acogen en sus rediles los rebaños que regresan en el crepúsculo tras haber pastado en los bancales de finas hierbas, prestas para se ordeñadas y seguir con la tradición de hacer queso de oveja que tan buena fama le dio al pueblo y que Cervantes citó en el Quijote.
Y con la llegada de la noche las sombras caen sobre Tronchón que adormecen sus calles, mientras que por sus alrededores la luz de la bóveda celeste se abre ante nuestros ojos con un maravilloso desfile de nebulosas, estrellas, galaxias…
Y como cada noche aquellos niños se tumbaran en el camino del Tremedal a contemplar ese latifundio de cirios que jamás se apagará como nunca jamás su amistad lo hará.






